lunes, 27 de febrero de 2017

Naturaleza

Probablemente se acerca una tormenta. Hace un momento que leía al sol y ahora, viento y nublado oscuro domina el ambiente. Fresco, una tarde intensa y si se me permite... pasional. Todo se arremolina, el viento arrasa; lleva y trae. Cada uno sabe si toma lo que va dejando, le permite pasar, o simplemente, lo se lo pierde.

Lo puedo imaginar, lo conozco bien; en su ausencia lo recuerdo. Quisiera poder compartir los sonidos de esta tarde: El cielo retumba. Si uno camina por este campo se puede llenar los pulmones de esa energía, respirar y contenerla. ¿Qué si nos sorprende en camino la tormenta? Correr no sirve de nada, aun así se regresa a casa totalmente empapado y habrá qué despojarse de las vestiduras. El cuerpo exhala un vapor tibio, se tiene el aliento agitado, el corazón acelerado, la humedad parece invadirlo todo. Se siente sed. Sí, esa sed.

Uno mira por la ventana, añorando. La flora se alegra, todo está verde, lleno de color, las hojas brillan recién lavaditas. Las bestias tienen los ojos chispeantes, encendidos, alertas. Las necesidades más básicas se satisfacen. Supongo que es esa confianza, parte de la placidez del ser. El sentir que se tiene todo resuelto. Asegurar ser proveedor y sentirse protegido (a), en un refugio seguro. Ya la naturaleza tiene las respuestas.

Pero lo que hechiza es, ese lado silvestre, erótico. Lo que vuela, que flota como polen; que derriba nuestras defensas, lo que arrulla y libera el instinto animal. Ahora, simplemente hay que dejarse llevar. Recibir, percibir, dar, fluir. Quizá deseo inconsciente de continuar las especies, de preservar la vida lo que provoca la lluvia, la naturaleza de la que no se escapa.
Texto agregado el 10-08-2016

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