lunes, 27 de febrero de 2017

La niña y el gato

Una vez una niña que jugaba en el parque escuchó un maullido bebé. Buscó por el resbaladero, buscó por los columpios y al fin lo encontró. Era un gatito muy pequeño, con sus pelos chiriscos y unos enormes ojos color marrón. Le maullaba con esa vocecita tímida que tienen los gatitos, pero no dejaba de hacerlo ni un instante, la niña no resistió más, lo levantó y lo llevó a su casa.

Como ya se imaginarán, su mami se puso histérica. La niña supo convencerla -con esa cualidad que tienen las niñas y sí que convence-, prometió vigilar la limpieza y alimentación de su gatito; además, entre sus promesas estaba el enseñarle a leer y a escribir. Así que comenzó a leerle todas las tardes, porque como a ella su mamá le leía todas las noches, estaba totalmente segura de que eso inculcaría en el gatito el gusto por la lectura. La niña ignoraba, que los gatitos no pueden escribir, pero pronto sucedió algo que le demostraría que los gatitos sí entienden la lectura.

Cuando le leía a su gatito, él siempre la miraba con unos enormes ojos poniendo tanta atención que cualquiera diría que el gatito comprendía. Una tarde, mientras la niña leía su cuento favorito al gatito, ésta se fue quedando dormida en la alfombra. Comenzó de pronto a flotar sobre las cosas, notó que no se encontraba el gatito y en un impulso se metió entre las páginas del cuento que leía para ir a buscarlo. Entró en un lugar maravilloso, era un enorme jardín lleno de flores de muchos colores, tenía un sol tibio y el viento le acariciaba las mejillas con un suave aroma a miel.

Anduvo caminando por ahí, de pronto escuchó los dulces maullidos. Siguió los llamados hasta que lo encontró y el gatito le dijo que no tuviera miedo, que estaban en el mundo de las fantasías, ese mundo en el que lo había sumergido con las bellas lecturas que compartía con él. La llevó a caminar por las veredas de flores y llegaron a un río de arcoíris. En el río había peces brillantes nadando y saltando, la niña se sentía muy feliz y reía viendo al gatito jugar con las libélulas azules en la ribera.

Probablemente en ese mismo instante, fue cuando la mamá de la niña entró en la habitación. Le provocó tanta sensibilidad ver la escena de su hija con una sonrisa tan tierna y una carita feliz en su ensoñación, abrazando su gatito con una mano y con la otra sosteniendo apenas el libro abierto en una página llena de colores.

(Solo_Agua, texto agregado el 05/10/2014)

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