Una vez una niña que jugaba en el parque escuchó un maullido bebé. Buscó
por el resbaladero, buscó por los columpios y al fin lo encontró. Era
un gatito muy pequeño, con sus pelos chiriscos y unos enormes ojos color
marrón. Le maullaba con esa vocecita tímida que tienen los gatitos,
pero no dejaba de hacerlo ni un instante, la niña no resistió más, lo
levantó y lo llevó a su casa.
Como ya se imaginarán, su mami se puso histérica. La niña supo
convencerla -con esa cualidad que tienen las niñas y sí que convence-,
prometió vigilar la limpieza y alimentación de su gatito; además, entre
sus promesas estaba el enseñarle a leer y a escribir. Así que comenzó a
leerle todas las tardes, porque como a ella su mamá le leía todas las
noches, estaba totalmente segura de que eso inculcaría en el gatito el
gusto por la lectura. La niña ignoraba, que los gatitos no pueden
escribir, pero pronto sucedió algo que le demostraría que los gatitos sí
entienden la lectura.
Cuando le leía a su gatito, él siempre la miraba con unos enormes ojos
poniendo tanta atención que cualquiera diría que el gatito comprendía.
Una tarde, mientras la niña leía su cuento favorito al gatito, ésta se
fue quedando dormida en la alfombra. Comenzó de pronto a flotar sobre
las cosas, notó que no se encontraba el gatito y en un impulso se metió
entre las páginas del cuento que leía para ir a buscarlo. Entró en un
lugar maravilloso, era un enorme jardín lleno de flores de muchos
colores, tenía un sol tibio y el viento le acariciaba las mejillas con
un suave aroma a miel.
Anduvo caminando por ahí, de pronto escuchó los dulces maullidos. Siguió
los llamados hasta que lo encontró y el gatito le dijo que no tuviera
miedo, que estaban en el mundo de las fantasías, ese mundo en el que lo
había sumergido con las bellas lecturas que compartía con él. La llevó a
caminar por las veredas de flores y llegaron a un río de arcoíris. En
el río había peces brillantes nadando y saltando, la niña se sentía muy
feliz y reía viendo al gatito jugar con las libélulas azules en la
ribera.
Probablemente en ese mismo instante, fue cuando la mamá de la niña entró
en la habitación. Le provocó tanta sensibilidad ver la escena de su
hija con una sonrisa tan tierna y una carita feliz en su ensoñación,
abrazando su gatito con una mano y con la otra sosteniendo apenas el
libro abierto en una página llena de colores.
(Solo_Agua, texto agregado el 05/10/2014)
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