lunes, 27 de febrero de 2017

Instantes

El viento estrellla indulgente contra los ventanales,
grageas patéticas golpeando furiosas, brutales,
insistentes.
Despertarse con miedo, con frío.
En gélida afección recorriendo espalda, extremidades,
huesos.

Al menos la humedad trasmina, cala.

El agua siempre fiel, constante,
presente, sin promesas.
En donde la palabra no vale,
donde un eco se desvanece
como un dulce de nuez y azucar
entre los labios.
Y no queda nada.
Solo la humedad.
Arrecida, generosa.

Abraza espléndida,
apacible,
misericordiosa.

Otrora, una gota.
Persistente, perspicaz.
Musical.
En incesante ritmo inerte,
marchito,
le recuerda a la consciencia
que está ahí,
que no se ha ido.

Un temblor repentino atravieza el alma,
millares de agujas
regresan la figura del cuerpo al lecho,
retorno,
salto.

De un golpe felino,
de pie.
Miro por la ventana.
No todo está perdido.
Enciendo el fogón
de la mañana.

No todo se ha perdido
si me tengo,
si me amo.

Estoy ahí para cuidarme.
Me cuido.
Las llamas danzarinas iluminan
recovecos de mi cuerpo desnudo,
acarician.

Mis propias manos
me circundan,
me tengo.

Tengo todo.
Valiente.
Ya sin miedo.







Texto agregado el 21-01-2017

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