Sin abrir los ojos, aprieto los párpados a cada estruendo, a cada golpe de esa carga ligera en el pecho. Me estremezco.
Sigo escuchando el asestar de los terrones y la sorpresa y angustia que me causa cada uno, uno a uno en un ritmo casi constante, intermitente. Tal vez se sucedan y se amontonen las paladas. Como redobles de tambor confunden cada latido. Conforme van cayendo me envuelve un cosquillear de piedras y polvo. Me cobija, más fresca que tibia, una capa húmeda. Primero ligera (si me moviera, si levantara los brazos, aun podría removerla), siento cómo el peso incrementa. No sé si me pueda mover, no lo intento porque lo ignoro, me entumo. Aquí la claustrofobia pierde sentido, ¿podría aterrorizar un lugar del que se forma parte? O tal vez, sí. Probablemente asuste más ser parte de algo, que no pertenecer. Silencio. Los latidos, las paladas...se han detenido. La tierra me comprime, me desorienta. Aun así rasguño. De tanto mirar hacia adentro encuentro claridad. ¿A qué podría temer? En cada movimiento se recorre un milímetro de mi carcelero, se hace blando, me abro espacio ante la escasa resistencia. Los movimientos se permiten cada vez mas amplios, como brazadas, como nadando, como volando. No sé si son mis brazos tan fuertes o la oposición se extinguió. Mi respiración sigue contenida, temo inhalar tierra, temo aspirar agua. Como insecto en gelatina, me revuelco en el mismo lugar, no siento, no creo haber avanzado. ¿Hacia dónde lo haría? Caigo en pequeños letargos, creo que sueño, creo que despierto, me estiro, me encojo. Pasa, algo pasa, quizá sea el tiempo. Música de voces. Me espabilo, estoy alerta. El ambiente se convierte en olas, primero suaves, luego intensas. Un remolino me jala de los cabellos y me estrella, me expulsa del cuello de la botella, resbalando suavemente sin dañar el cristal. He salido en un llanto estridente, temblando como una fuente que se rompe. Abro los ojos a la luz, una bocanada de aire y mientras lloro, tú sonríes... |
Texto agregado el 02-03-2017
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